No podemos dejar que algo así se olvide.
No podemos permitir que el nombre de Sandra se pierda entre titulares que mañana dejarán de sonar.
Sandra tiene que ser el inicio del fin… el punto en el que digamos basta.
Porque detrás de cada historia como la suya hay un dolor insoportable, silencioso, que nadie quiso ver a tiempo.
Hay un niño o una niña que sufrió hasta no poder más.
Y unos adultos —todos nosotros— que no supimos protegerles.
¿Quién tiene que dar el primer paso para cambiar esto?
¿Dónde están las asociaciones de madres y padres, el defensor del menor, los ministerios que se llenan de palabras cuando conviene, pero callan ante el sufrimiento real de nuestros hijos?
¿En qué momento nos acostumbramos a mirar hacia otro lado?
¿Cómo podemos salir a la calle a protestar por tantas cosas, y permanecer en silencio ante algo que nos duele en lo más profundo como sociedad?
Sandra no puede ser una más.
No puede ser “otra historia triste”.
Tiene que ser el principio de un movimiento, de una reacción colectiva que empuje al Estado, a los colegios, a las familias, a todos nosotros… a actuar de verdad.
Porque mientras callemos, esto seguirá pasando.
Y no podemos permitirlo.
Por Sandra.
Por todos los que ya no están.
Y por los que todavía podemos salvar.
Y a quien corresponda, a quienes tengan el poder y la voz, les pedimos que cojan el testigo.
Que no dejen que esto se enfríe ni se pierda entre promesas o discursos.
Alguien tiene que empezar a moverse, a levantar la voz, a convocar, a organizar concentraciones, marchas, actos reales que griten que ya basta.
Que esto no se quede en un titular ni en un lamento, sino que se convierta en una acción que cambie las cosas.
Porque el silencio ya ha hecho demasiado daño.
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