Alguna vez te viste siendo madre en otro país que no sea el tuyo? No me había imaginado siquiera el hecho de convertirme en madre.
Embarazada en otro país que no es el tuyo, lejos de tu gente, de los abrazos que te animan y reconfortan, de las voces que te dan tranquilidad. Estaba en el medio del proceso migratorio, en una eterna transición de no sentirte de ninguna parte y convertirte en tu propio hogar.
Estoy aprendiendo a ser madre mientras aprendo a vivir mi nueva vida, mientras reconstruyo una identidad que busca balance entre quien fui y quien soy ahora.
Con miedos, con dudas, con culpa, pero con una fuerza que no sabía que tenía.
Nadie te cuenta que parir lejos duele distinto, no hay tiempo para quedarse, que el posparto sin tribu pesa más. Que hay noches en las que el cansancio físico es reemplazado por nostalgia, y si vuelvo? Volver a donde? No hay relevos, no hay tías, no hay abuelas.
Hoy Oli ya está en mis brazos, que son su refugio, su casa. Y sigo migrando. Maternando en dos idiomas, escuchando música paraguaya, contándole algunas palabras en guaraní, mientras traduzco cosas, extraño acentos, mientras Yan me sostiene más fuerte que nunca.
Me he sentido sola, decirlo no me hace menos madre ni menos novia. Me hace valiente, y aunque a veces me sentí perdida, me hizo volver a encontrarme. La maternidad me encontró en movimiento, pero me enseñó a echar raíces dentro, en esta casa de 3 que migra junta, que recorre, que se ama y que se hace fuerte con cada parada, siendo hogar nosotros mismos.
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