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5 months ago
Hay quien dedica sus días a recorrer los márgenes del mundo, buscando en la penumbra algún destello que le devuelva una versión más excitante de su propia sombra. Camina por la orilla de lo efímero, convencida de que el siguiente paso, la siguiente conversación, el siguiente brillo en el horizonte, le revelará un secreto que aún no posee. Es una arquitectura del vacío: mientras más se aleja, más espacio deja para que el silencio se instale en su propia casa.

Sin embargo, el destino tiene formas crueles de interrumpir la marcha. En algún momento, entre el ruido de su propia búsqueda, se topa con una sentencia que se le clava en el pecho como un estilete:
«𝘕𝘰 𝘩𝘢𝘺 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘷í𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯, 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘧𝘶𝘨𝘪𝘰 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢 𝘭𝘢 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘦𝘭𝘪𝘨𝘦 𝘷𝘢𝘨𝘢𝘳 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘪𝘧𝘦𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘣𝘶𝘴𝘤𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘴𝘪𝘮𝘶𝘭𝘢𝘤𝘳𝘰».

La lectura no le da paz; le otorga una visión. Por un instante, el entorno se vuelve estéril. Se ve a sí misma no como una viajera intrépida, sino como alguien que, por pura desidia, está dejando que el tiempo erosionara lo único sagrado que posee. En la otra orilla de su propia geografía, en esa calma que ella misma ha tildado de insuficiente, alguien permanece inmóvil, custodiando la única llave que abre la verdadera estancia.

​A partir de ese instante, el acto de vagar deja de tener gracia. Cada vez que intenta buscar afuera, siente el peso de la ausencia en sus manos; una ausencia que no era física, sino el vacío de haber abandonado el centro de su vida. Comprendió, con la frialdad de quien se despierta de un sueño largo y febril, que su hogar no estaba en la periferia de los extraños, sino en la quietud de aquella mujer que, sin aspavientos, permanece allí, esperando que ella deje de jugar a la deriva para recuperar la parte de sí misma que ha dejado abandonada en aquel refugio.
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Posted On: June 21st 2026, 12:49 am
Hay quien dedica sus días a recorrer los márgenes del mundo, buscando en la penumbra algún destello que le devuelva una versión más excitante de su propia sombra. Camina por la orilla de lo efímero, convencida de que el siguiente paso, la siguiente conversación, el siguiente brillo en el horizonte, le revelará un secreto que aún no posee. Es una arquitectura del vacío: mientras más se aleja, más espacio deja para que el silencio se instale en su propia casa.

Sin embargo, el destino tiene formas crueles de interrumpir la marcha. En algún momento, entre el ruido de su propia búsqueda, se topa con una sentencia que se le clava en el pecho como un estilete:
«𝘕𝘰 𝘩𝘢𝘺 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘷í𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯, 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘧𝘶𝘨𝘪𝘰 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢 𝘭𝘢 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘦𝘭𝘪𝘨𝘦 𝘷𝘢𝘨𝘢𝘳 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘪𝘧𝘦𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘣𝘶𝘴𝘤𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘴𝘪𝘮𝘶𝘭𝘢𝘤𝘳𝘰».

La lectura no le da paz; le otorga una visión. Por un instante, el entorno se vuelve estéril. Se ve a sí misma no como una viajera intrépida, sino como alguien que, por pura desidia, está dejando que el tiempo erosionara lo único sagrado que posee. En la otra orilla de su propia geografía, en esa calma que ella misma ha tildado de insuficiente, alguien permanece inmóvil, custodiando la única llave que abre la verdadera estancia.

​A partir de ese instante, el acto de vagar deja de tener gracia. Cada vez que intenta buscar afuera, siente el peso de la ausencia en sus manos; una ausencia que no era física, sino el vacío de haber abandonado el centro de su vida. Comprendió, con la frialdad de quien se despierta de un sueño largo y febril, que su hogar no estaba en la periferia de los extraños, sino en la quietud de aquella mujer que, sin aspavientos, permanece allí, esperando que ella deje de jugar a la deriva para recuperar la parte de sí misma que ha dejado abandonada en aquel refugio.

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