Posted On: June 4th 2026, 05:22 pm
Hace un año me encontraba sentada en el piso de la regadera, abrazando mis piernas con fuerza y llorando con tanto dolor que no sentía el agua caliente caer sobre mi cuerpo. Tenía un nudo en la garganta, no podía respirar. Mi vida se detuvo en ese instante; no había un antes, ni un después. Estaba atrapada en una eterna pesadilla donde la angustia y el umbral de dolor más alto eran mi única compañía.
Pasaron las horas hasta que te vi. Parecías dormida; te abracé, pero te sentí diferente. Ya no estaba tu olor ni tu calor, pero eras tú. ¿Cómo es posible?, me pregunté. Solo te abracé y te dije cuánto te amaba. No quería soltarte. No quería dejarte nunca más.
Los días siguientes fueron un abismo de sufrimiento, negación y coraje ¿Por qué?, me preguntaba todo el tiempo. Exigía una respuesta a la vida, hasta que, en algún momento de resignación, dejé de cuestionarme.
En su lugar, me refugié en tu memoria, en cualquier cosa que me uniera a ti; tus fotos, tu ropa, tu perfume. ¿Recuerdas el abrigo rosa que tanto te gustaba? Aún conservaba tu esencia. Me aferré a él y lo abrazaba por las noches, hasta que un día el olor se desvaneció.
Regresé a la ciudad donde había construido los sueños que compartimos juntas, pero ahora todo era diferente. Sentía un profundo vacío. La vida que conocí hasta el momento de tu partida se fue contigo también. ¿Quién es Irene? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué haré ahora?, me cuestionaba todo el tiempo. Simplemente dejé de ser; estaba desorientada, sin rumbo.
Los días pasaban, uno tras otro. La cotidianidad era insoportable. Hasta que en algún momento ya no hubo dolor, ni tristeza, ni soledad, ni coraje. Ya no sentí absolutamente... nada. Llegó el colapso.
Después, la vida me dio una nueva oportunidad de transformar el duelo en refugio. En un lugar donde tu ausencia ya no es vacío, sino una huella viva que resignifica el vínculo que aún nos une. A partir de ello habito tu existencia, tu legado y memoria, mi querida madre.