Hicimos red sin una sola tarjeta de visita!
El viernes pasado, en un acto empresarial centrado esta vez en la cultura, nos sentamos en una mesa circular: empresarias, emprendedoras, dos políticas y varias generaciones distintas codo con codo.
Nada de rondas de tres minutos sino que hablamos entre nosotras. Escuchamos de verdad. Cada generación sabía algo que a la otra se le había olvidado, o que todavía no había aprendido. Salimos con nombres que no se nos van a olvidar y sin una sola tarjeta en el bolso.
Hay un dato científico que me ronda desde entonces. Una investigación reciente midió el ritmo cardíaco de personas en su vida real mientras interactuaban. Encontraron que los corazones de dos personas se sincronizan cuando hay algo real ocurriendo entre ellas —atención compartida, presencia, cierta apertura—. Y encontraron también qué rompe esa sincronía: el ruido y el caos alrededor.
En aquella sala había decenas de mesas más alrededor de la nuestra. Y, aun así, ocurrió.
Pasó porque, en algún momento, dejamos de ejecutar el guion habitual y elegimos otra cosa: mirar, escuchar, dejar que una generación le contase a otra lo que sabe sin vender nada a cambio.
Llevo tiempo dándole vueltas a la palabra habitar. Cada vez pienso más que cuando te habitas a ti misma —cuando estás ahí de cuerpo entero, no solo de agenda— cambia algo en cómo te reciben las demás. Puede que sea eso lo que abre paso a la sincronía.
Lo que de verdad conecta en el business, en la cultura y en la vida no se mide en contactos añadidos. Se nota en si tu cuerpo, en medio del ruido, decide sincronizarse con el de otra.
Hay un instante de conexión genuina que no cabe en una tarjeta de visita, y que es capaz de generar transformaciones en cascada. Por eso no llevamos ninguna. 🤍
¿Alguna vez has sentido esa sincronía en un entorno profesional? Te leo en comentarios.
Gràcies a
@abel Folk i
@emmariverola per les reflexions compartides, i a
@cornellacreacio i
@igualtatcornella per la invitació.