Posted On: October 13th 2026, 08:30 pm
Hay lugares que, sin saber muy bien cómo, terminan formando parte de la vida de todo un pueblo. Y La Tasquita es uno de ellos.
Antes de ser bar, fue La Casita Ancha: aquella casa donde, siendo apenas un niño, celebrábamos cumpleaños, jugábamos en el patio, mi tía Juana nos acercaba a la música con su escuela Fragua de Sonidos y empezábamos a crecer entre canciones y ensayos del coro Los críos de Bado.
Después, mi padre convirtió aquel sueño en La Tasquita, con el apoyo incondicional de mi madre. Y lo que nació entre las paredes de una antigua casona familiar acabó convirtiéndose en mucho más que un negocio: en punto de encuentro ineludible, en refugio, en tradición y en una auténtica pandilla.
La Tasquita fue pionera en tantas cosas: en cuidar su decoración, en poner música, en perfumar de incienso sus tardes, en llenar de marchas y villancicos cada Semana Santa y cada Navidad, en reunirnos frente al televisor para vivir juntos cada Madrugá... Siempre tuvo una personalidad irrepetible, una forma muy suya de entender la hostelería y, sobre todo, algo que no se puede comprar ni imitar: alma.
Yo tuve la suerte de crecer allí, de vivirla desde dentro y de disfrutarla también al otro lado de la barra. Y hoy, al mirar atrás, comprendo que aquel Club Tasquita que mis amigos y yo fundamos de niños terminó haciéndose realidad de la forma más bonita: una pandilla inmensa de personas unidas por un lugar que ya forma parte de nuestra memoria.
Gracias a todos los que hicisteis de la noche del sábado una despedida tan mágica. Y, muy especialmente, a Jesús, por regalarle al patio esa luz, ese sonido y ese ambiente tan especiales.
Se apagan las luces de La Tasquita, pero no todo lo que allí brilló. Se quedan las risas, los brindis, las anécdotas, los abrazos y tantas historias que seguirán contándose mucho después de haber cerrado el portón y echado el potro.
Gracias, papá. Gracias, mamá. Y gracias a todos los que alguna vez sentisteis La Tasquita como vuestra.
Porque hay lugares que cierran, pero que jamás desaparecen. Y La Tasquita, por suerte, ya no nos pertenece solamente a nosotros: pertenece a todos los que allí fuimos felices.
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