De todos los caminos improbables que podía seguir, uno de los más lindos fue que ese
amor adolescente —ese que al principio parecía improbable— terminara llevándonos hasta
este momento.
Casándonos, casi de un día para otro… aunque sabemos que no fue tan de un día para otro
realmente. De hecho fueron diez años.
Porque en un mundo donde las parejas son pasajeras y los amores se desgastan rápido, yo
tuve la fortuna de encontrar al amor de mi vida desde que tengo uso para amar en este
sentido.
Y creo que el secreto para mantener una relación tan larga y bonita, en una sociedad tan
acelerada, es que los votos que diré hoy son los mismos que, sin darnos cuenta, hemos
cumplido todos estos años.
Porque esto no es una promesa del futuro: es un pacto que sellamos desde el día en que tú
le pediste permiso a mi mamá —y a toda mi familia— para estar conmigo.
Desde entonces, tu respeto, tu paciencia y tu amor han sido la base de todo lo que somos.
Pero hoy llegó el momento de hacerlo oficial.
De firmarlo nuevamente, frente a mi familia y la tuya.
De convertir este contrato a plazo indefinido en un acuerdo eterno. De prometerlo.
Prometer, para mí, no es solo decir palabras bonitas. Es comprometer el alma. Mis seres
queridos son lo más valioso que tengo, y mi lealtad siempre ha sido mi forma de amar. Por
eso, esta promesa que hoy hago contigo nace desde ese mismo lugar: desde la verdad y el
cariño que pongo en cada vínculo importante de mi vida.
Hoy en día se habla mucho de hombres y mujeres de valor, de buscar a alguien con dinero
o estatus.
Pero nada de eso va con nosotros.
Mi primer voto es este: que nosotros creceremos juntos, que alcanzaremos nuestras metas
uno al lado del otro.
Que seremos un equipo hoy y siempre.
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