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3 years ago
1. Es uno de mis restaurantes favoritos. Ocurre que no lo frecuento muy a
menudo. Todos los restaurantes y otros lugares que me gustan están en
el centro y llegar hasta ellos supone planificar el momento, viajar en
metro y caminar después algunas manzanas, en lugar de desembocar desde el portal de casa en calles rebosantes de vida y plagadas de
atractivos escaparates de negocios regentados por los hipsters más
jóvenes y sofisticados.

Es el precio que pago por vivir en un barrio tranquilo, rodeado de
árboles, donde puedo oír el piar de los pájaros a primera hora de la
mañana, en lugar del eterno estruendo de cuatro carriles de tráfico
denso a los pies de la ventana de mi habitación.

Cuando me pueden las ganas de ir al centro hago una reserva y viajo
durante varias paradas, con o sin trasbordo, para acabar en una
librería, en una tienda de ropa hecha a mano o en el último grito en
locales que haya visto en las redes sociales.

Es lo que ocurrió un domingo por la tarde, cuando me decidí a visitar,
un poco a deshora, un restaurante situado en el centro de un triángulo
formado por tres estaciones de metro, ninguna de ellas directamente
accesible desde mi casa ni especialmente cercana al restaurante.

Llegué con ganas de disfrutar de su colorida decoración y de su comida
tan apetecible. Por la hora que era - demasiado tardía para comer y
demasiado temprana para la cena - estaba casi vacío. Mientras daba
cuenta de mi plato, que estaba tan delicioso como esperaba, eché un
vistazo al local. Sus murales multicolores, sus lámparas de araña de
cristal, sus cortinas de cuentas y sus flores te hacían sentir como si
hubieras viajado a una isla en mitad del océano Pacífico.
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Posted On: October 3rd 2023, 09:14 pm
1. Es uno de mis restaurantes favoritos. Ocurre que no lo frecuento muy a
menudo. Todos los restaurantes y otros lugares que me gustan están en
el centro y llegar hasta ellos supone planificar el momento, viajar en
metro y caminar después algunas manzanas, en lugar de desembocar desde el portal de casa en calles rebosantes de vida y plagadas de
atractivos escaparates de negocios regentados por los hipsters más
jóvenes y sofisticados.

Es el precio que pago por vivir en un barrio tranquilo, rodeado de
árboles, donde puedo oír el piar de los pájaros a primera hora de la
mañana, en lugar del eterno estruendo de cuatro carriles de tráfico
denso a los pies de la ventana de mi habitación.

Cuando me pueden las ganas de ir al centro hago una reserva y viajo
durante varias paradas, con o sin trasbordo, para acabar en una
librería, en una tienda de ropa hecha a mano o en el último grito en
locales que haya visto en las redes sociales.

Es lo que ocurrió un domingo por la tarde, cuando me decidí a visitar,
un poco a deshora, un restaurante situado en el centro de un triángulo
formado por tres estaciones de metro, ninguna de ellas directamente
accesible desde mi casa ni especialmente cercana al restaurante.

Llegué con ganas de disfrutar de su colorida decoración y de su comida
tan apetecible. Por la hora que era - demasiado tardía para comer y
demasiado temprana para la cena - estaba casi vacío. Mientras daba
cuenta de mi plato, que estaba tan delicioso como esperaba, eché un
vistazo al local. Sus murales multicolores, sus lámparas de araña de
cristal, sus cortinas de cuentas y sus flores te hacían sentir como si
hubieras viajado a una isla en mitad del océano Pacífico.
Comments (5)
viejocova 3 years ago

viejocova

Me encanta! Me lo tienes que enseñar ☺️

aurora_cuervo 3 years ago

aurora_cuervo

De vuelta a casa, busqué una foto de la cena con mis amigos y se la envié a uno de ellos: "Lo pasamos genial en ese sitio, ¿verdad? Me encantaría que volviéramos un día de éstos. Necesito tu opinión sobre el camarero exótico y divino con rastas". Me respondió enseguida: "¡Sí que estuvo genial! Volvemos cuando quieras. Pero, ¿de qué camarero me hablas? No lo recuerdo". Ah, vale. No importa. No habrá prestado atención. Seguí mirando las fotos de aquella noche. Un montón de caras y gestos en primeros planos y otros borrosos al fondo. Pero el camarero divino no aparecía por ninguna parte. Por un momento creí verlo asomando tras una fila de cabezas sonrientes. Pero cuando centré la vista no podía entender qué estaba viendo. Algo que nunca había estado antes estaba allí ahora. En lugar del poste que sostenía el tejadillo de hojas, una pieza de madera oscurecida por el tiempo, tallada con hendiduras profundas. Un totem que parecía representar un majestuoso espíritu aborigen. Coronado con un intrincado tocado y vestido con una túnica en la que se adivinaban restos de colores ocres y amarillos. Los ojos en el rostro de madera parecían estar mirando intensamente a la cámara y, por tanto, en ese instante sentí que me estaban mirando a mí. Con una expresión solemne aunque risueña parecían decirme: “Te conozco. Y tú me conoces a mí.”

aurora_cuervo 3 years ago

aurora_cuervo

Hace unos días decidí que tenía que ir a probar la última delicatessen que el restaurante anunciaba en internet. Me alegré de sumergirme en su cálido ambiente, en sus colores tan reconfortantes, recrearme en cada detalle de los platos en la carta. Mientras me deleitaba con el plato que había elegido, me entretuve observando a los demás clientes. Una de las mesas estaba ocupada por un grupo de extranjeros a los que se dirigía en su propio idioma el hombre misterioso, con su atuendo habitual y su voz musical. Me intrigaba que el hombre aún pareciera necesitar instrucciones, que le dirigieran como si fuera su primer día de trabajo. Ahora estaba realmente perpleja. ¿Por qué este hombre actuaba exactamente igual cada vez que lo veía?

aurora_cuervo 3 years ago

aurora_cuervo

De reojo, también me fijé en la gente que atendía las mesas. Un par de mujeres simpáticas y amables que de vez en cuando entraban y salían por las puertas batientes de la cocina, y un hombre joven, alto y de piel oscura que permanecía de pie junto a uno de los pilares que sostenían un toldo de hojas sobre una pequeña barra cerca de la entrada. El hombre se dirigía a las dos mujeres en voz baja y parecía tener un fuerte acento de un idioma desconocido para mí. Era muy guapo y sus largas rastas, recogidas en lo alto de la cabeza, le daban una especie de semblante de dios pagano, realzado por su camiseta de color amarillo chillón, a juego con los colores del local. Distraídamente pensé que debía de ser nuevo, porque parecía esperar indicaciones de las mujeres sobre cómo servir las mesas o cómo tomar los pedidos o cómo traerlos desde la cocina. La velada fue tal como había esperado. Salí de allí feliz, como si volviera de un largo viaje. Como era de esperar, volví unos meses más tarde. Esta vez con un grupo de amigos para una de esas cenas navideñas, en la época en la que todo el mundo se empeña en reunirse con todo el mundo y acumular el mayor número de comidas en el periodo más breve posible. Aquella noche el restaurante estaba abarrotado, con un ambiente festivo. Las dos mujeres y el hombre estaban muy atareados tomando los pedidos y procurando que las comandas salieran a tiempo. Aun así, el hombre, que seguía vistiendo la camiseta de color amarillo chillón y sus llamativas rastas sobre la cabeza, parecía moverse con la misma tranquilidad de siempre y hablar con su dulce tono de voz y su marcado acento extranjero. De nuevo, con una mirada de reojo fui consciente de que, en medio del alboroto, parecía esperar indicaciones de las mujeres como si acabara de empezar a trabajar allí.

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