Posted On: March 8th 2026, 11:04 pm
Tres metros delante de su pie quedó la piedra que acababa de patear; le pareció un buen golpe que terminó con una sonrisa en su cara. La costumbre de escuchar noticias la adoptó de su mamá y de su abuela, la reforzó en las caminatas a coger el bus para ir a la universidad y se volvió parte de su rutina en las caminatas de vuelta a la casa.
Carlos se disponía a darle el cuarto mordisco a una manzana, caminaba de vuelta a su hogar después de otra jornada laboral, cuando a través de sus audífonos, en el noticiero, escuchó al presidente de aquel país: “… Yo y todos los ciudadanos de este país tenemos el derecho legítimo a caminar tranquilamente por las calles de nuestras ciudades. No es un secreto para nadie que desde que aumentó la migración legal e ilegal los países dignos y de riqueza como los nuestros, nos hemos visto afectados por la inseguridad… Créanme, no hay nadie que sepa más sobre estos temas que yo. Ellos se encargan de enviarnos lo peor que tienen y su estadía en nuestros estados soberanos solo es un problema que trae muertes, tristeza, pobreza y enfermedades; son sucios, vienen sucios…”. Carlos bota el corazón de la manzana a un jardín de claveles por el que va pasando y le sube al volumen: “… ¿No me creen? ¡Miren afuera! ¡Huelan las calles! ¡Huelen horrible! Con sus cochinas caras solo vienen a quitarnos lo que es nuestro. ¡Vienen a dañar nuestros territorios! ¡No nos dejemos! ¡Volvamos a hacer grandes nuestros países!”.
Cambió las noticias por un álbum de Minor Threat, le subió aún más al volumen y, con un aburrimiento lleno de orgullo y dignidad, Carlos dijo tranquilamente: “Vinimos a buscar una manera más digna de vivir, esa que nos han arrebatado por siglos”. Escupió al piso y siguió su camino. 33 metros atrás de ese escupitajo quedó la piedra que pateó, la que había dibujado una sonrisa en su cara.
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