Hay bandas que vienen a tocar sus canciones. Rencilla vino a encontrarse con su gente.
Y qué manera tan brutal de cerrar el RUFF.
Desde el primer momento, Durmada dejó la tarima atrás. Mientras los músicos continuaban tocando, él se metió de lleno entre el público y prácticamente convirtió aquel espacio en su propio escenario. Cantó rodeado de la gente, se mezcló con ella, la señaló, la escuchó, la provocó a cantar más fuerte. En un momento terminó incluso subiéndose a una de las mesas para continuar desde allí.
Y quizás eso es lo que hace tan poderosa la presencia de Rencilla. Sus canciones llevan décadas cuestionando aquello que muchas veces preferimos aceptar sin mirar demasiado: las estructuras de poder, las desigualdades, las contradicciones sociales y esa maquinaria invisible que puede terminar diciéndonos cómo pensar, cómo vivir y hasta qué desear. Sus letras no parecen escritas para dejarte tranquilo; están hechas para despertar preguntas.
Durmada lleva ese espíritu en el cuerpo.
No estaba frente a nosotros dándonos un discurso. Estaba ahí, entre nosotros, cantándolo.
Mientras él recorría el lugar, los músicos sostenían desde arriba esa descarga de hardcore y protesta, y abajo comenzaron a aparecer moshpits improvisados, gritos y gente cantando cada palabra. Yo terminé fuera unos minutos después de que un chico cayera sobre mi pie en medio del moshpit. 😂 Me dolió hasta el alma, pero apenas pude, volví a grabar.
Porque era imposible quedarse al margen.
Rencilla cerró la noche con esa clase de presentación que no se contempla desde lejos. Se atraviesa.
Y después de tantos años haciendo ruido, cuestionando, incomodando y sembrando preguntas, siguen teniendo algo que decir.
Y nosotros todavía tenemos mucho que despertar. 🖤⚡
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