a month agoMiedo a quedarse dormido: el privilegio de tener tiempo para temer Hay algo particularmente revelador en Miedo a quedarse dormido: la exposición convierte una experiencia íntima y universal —dormir, perder momentáneamente el control, enfrentarse a la vulnerabilidad— en un problema existencial. Sin embargo, cabe preguntarse desde qué lugar social se formula ese problema. El miedo a quedarse dormido puede ser una experiencia real, incluso angustiante. Pero cuando se convierte en el centro de una reflexión artística sobre la vulnerabilidad, aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con quienes no tienen el privilegio de convertir el sueño en un problema filosófico? Para una parte de la población, dormir no representa principalmente el temor de perder la conciencia, sino la necesidad de descansar para volver a trabajar al día siguiente; para otros, significa dormir poco por trabajar jornadas extensas, compartir una habitación, cuidar a alguien, vivir con inseguridad o simplemente no disponer de las condiciones materiales para experimentar el descanso como refugio. En ese sentido, Miedo a quedarse dormido puede leerse como una problemática situada en un espacio social privilegiado: el de quien tiene las condiciones para detenerse y preguntarse qué significa dormir. La cama aparece como territorio íntimo, protegido y confortable; la vulnerabilidad se presenta como una experiencia psicológica, más que como una condición también determinada por las circunstancias materiales de vida. La cuestión no es afirmar que el miedo representado sea falso, sino señalar que la exposición universaliza una experiencia particular. Dice, en esencia, que mientras dormimos “todos pertenecemos a lo mismo”; pero precisamente ahí podría estar su mayor punto débil: no todos llegamos al sueño desde el mismo lugar, ni todos tenemos el mismo derecho al descanso, a la intimidad o incluso al miedo. El problema, entonces, quizá no sea tener miedo a quedarse dormido, sino poder darse el lujo de que ese sea el problema.
