Abro las cortinas y ahí están las fachadas, limpias de culpa y cargadas de historias insonoras. Madrid todavía no ha terminado de despertarse, aunque nunca estoy seguro de que esta ciudad duerma alguna vez. Las calles húmedas intentan retener una luz que ya viene con prisa, empeñada en adelantar las horas en las que se esconden un oso y un madroño.
Las nubes avanzan sin conseguir hacer sombra. Deambulan hacia el norte cargando vapores matutinos y dejando caer, de vez en cuando, alguna gota de trasnocho. Las miro y pienso que quizá también ellas tienen memoria, que llevan dentro noches que no les pertenecen y conversaciones que nadie recuerda.
Yo sí recuerdo.
Recuerdo otras mañanas, otras ventanas, otras noches. Recuerdo algún Madrid que ya no existe y que, sin embargo, sigue apareciendo cuando miro esta ciudad desde ángulos inconfesables. Quizá vivir sea eso, acumular lugares que desaparecen sin marcharnos de ellos, guardándonos mutuamente los secretos y las lágrimas. Uno cambia de calle, de casa, de edad, pero mi Madrid permanece haciendo trampas al tiempo, queriéndome y envolviéndome.
No se puede hacer sombra a la Gran Vía, eso lo veo desde esta habitación de hotel y corroboro al alba que nada consigue apagar el interruptor de Madrid. Ni siquiera el silencio de una noche que hace mucho dejó de aprender a dormir.
Y entonces me asalta la certeza del privilegio de despertar aquí. Abrir los ojos y tener Madrid delante. Saber que puedo bajar a la calle, caminar sin destino y encontrarme con mi ciudad, esa que a veces parece inventada por alguien que conocía demasiado bien nuestras debilidades.
Y sin serlo, en momentos como este me siento un poco chulapo porque esta ciudad me pertenece un poco y yo le pertenezco a ella. Lo justo para saber que nunca será completamente mía.
Y eso, precisamente eso, es lo que más me gusta.
Porque Madrid tiene esa mala costumbre de recordarme que todavía estoy vivo.
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