Convertí mi conciencia en un tribunal sin posibilidad de absolución. El espejo me devolvía el reflejo de una presa, encadenada a mentiras que debía justificar para sentirse querida. Y, poco a poco, me abandoné.
Ese espejo que se distorsiona y se dobla bajo el velo de lo que uno quiere ver y no quiere ver. Esa sensación que hace que uno siempre tenga la culpa y justifica una y otra vez los hechos o las ausencias de la otra persona