Tener una identidad propia siempre es una ventaja extraordinaria, porque diferenciarse no siempre consiste en inventar algo nuevo, sino en reconocer el valor de aquello que ya eres y que nadie más puede ser.
A veces, dedicamos demasiado tiempo a intentar parecernos a aquello que admiramos y demasiado poco a reconocer el valor de lo que ya somos. No necesitamos ser más como los demás, necesitamos confiar más en lo que somos.