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Cuando se es pequeña, fuera de la imaginación y el juego, una puede llegar a sentirse impotente ante las cosas que conciernen a los adultos. ¿Qué podemos hacer las personas pequeñas por quienes sufren? ¿Se nos da la posibilidad de hacer algo? ¿Qué pueden hacer las infancias por otras infancias en situaciones de extrema vulnerabilidad? ¿Qué pueden dar si todo lo que se da se compra y se vende? 

¿Cómo estimular en las infancias el sentido de la supervivencia evolutiva que se resumen en el valor de la solidaridad? ¿Cuáles son las herramientas que podemos disponer para que las niñas y los niños tengan su propia factoría, bajo la vieja premisa anarquista de “hazlo tú misma”?

Con el objeto de ayudar y luego de alejarlas del algoritmo, preguntamos a las infancias de casa que qué podían hacer. Una telita llevó a otra, y toda la familia siguió el hilo de Pola y Manuela: hacemos almohaditas de apego, que abrazan a otras personas pequeñas en los refugios.

Las primeras 8 almohadas irán a la Escuela de Artes Escénicas César Rengifo, ubicada en Altagracia, Caracas, en la que hay la misma cantidad de niñas y niños.

Esto es lo que es, un pequeño gesto que cambia a quien lo hace y ojalá apapache a quien lo recibe. Lo muestro con la idea de que se multiplique en la creación colectiva, porque es importante no dejar de ayudar, y toda ayuda cuenta.

Las pequeñas hacen pequeños gestos para reparar este dolor enorme, así se sana la herida: puntada a puntada.

(En medio un videito muy corto de ellas dos llevando agua a familiares y rescatistas en La Guaira y un par de fotos haciendo de pintacaritas en Carayaca. Yo creo que se aprende a ser voluntaria).

Gracias a @lajaelucha y a @esmagia por regalar telitas y orientar en la escogencia de los materiales, también por el sostén amoroso a nuestras monitas. También a su padre, @ernestojnavarro que es el mejor compañero de aventura que podemos tener. taken in La Guaira by @_indiracarpio
53
2 months ago
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Cristopher Lara Olivo tiene 9 años de edad. Cumple diez el 4 de agosto. Es el más pequeño de tres hermanos, hijos de Crisbeyli Lara, todos sobrevivientes del doble terremoto en La Guaira. Actualmente duermen en una carpa de Samaritan’s purse muy cerca de su casa en Mare abajo, Catia La mar. 

En febrero de 2025 Cristopher fue diagnosticado como un “paciente con riesgo biológico para enfermedad celíaca, intolerancia permanente al gluten, cuya exposición de forma repetida a través de la alimentación, contacto e inhalación, desencadena respuestas inflamatorias que pueden ir desde locales hasta sistémicas”.

A través de las redes sociales se hizo viral un video en el que el niño pide que le lleven comida sin gluten, sólo que la información que acompaña la imagen alertó a su madre. Decían que el niño tenía cáncer.

Según me contó Gabriela, amiga de la madre, quien ayuda a criar al niño, la celiaquía de Cristopher es grave, y está acompañada de disfunción del sistema inmune, déficit selectivo de inmunoglobulina A y síndrome de intestino permeable. No es cierto.

El plan terapéutico para Cris incluye una dieta de exclusión nutricional estricta y elimina alimentos como guisantes, levadura de cerveza, limón, naranja, alimentos con gluten, huevos, avena, cebada, caseína, frutos secos, maíz, soya y derivados.

Una de las dificultades para sobrellevar estos padecimientos es la económica, porque los alimentos procesados bajo estas características son de difícil acceso y costosos. A la vulnerabilidad de la pérdida de su casa, producto del doble terremoto, se le suma la alimentaria. Crisbeyli necesita ayuda. Ha recibido, sólo falta que sea certera y responda a la verdad. 

La madre tiene cómo cocinar, una vecina le presta la cocina y es la primera en la fila para cocinar la comida de su hijo sin que sufra contaminación cruzada, también puede congelar. Entre los vecinos se han ingeniado las formas mientras solucionan a dónde migrar con lo único que tienen puesto: la vida.

...

Si quieres ayudar, si realmente quieres ayudar, te digo cómo por un mensaje directo. Déjame saberlo. taken in Mare Abajo by @_indiracarpio
23
3 months ago
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5:47 de la tarde del lunes 29 de junio, 5 días después del doble terremoto en Venezuela. De Caraballeda a Naiguatá una postal de la catástrofe nos llama la atención, un hombre abraza a un oso de peluche polvoriento como lo haría un niño atemorizado. Visiblemente en shock, con los ojos hinchados y la mirada extraviada, lo retratamos sin ser capaces de preguntar lo que era obvio: estaba experimentando una pérdida terrible.

Hasta entonces no sabíamos quién era. Dos semanas después, Andrés desde Bogotá me escribió por sí tenía el número de Lenín Peña. De inmediato googleé el nombre y la escena volvió a mí como un campanazo, era el hombre abrazado al peluche.

Lenín buscaba a Yordi Paredes debajo de los escombros. El día de la foto lo habían sacado de debajo del inestable Conjunto Residencial Caribe, de donde 17 días después sacaría el cuerpo del amor de su vida.

El 24 de junio era su día libre, ambos trabajaban en la Unidad Cardiológica Pediátrica del Hospital José María Vargas en La Guaira. Después de descorchar un vino de mora, se acostaron a ver La casa del dragón. Yordi se acomodó sobre el pecho de Lenín y ambos se durmieron. El cosquilleo por el entumecimiento del brazo en el que reposaba Yordi despertó al doctor, quien acomodó a su pareja y se incorporó para bajar por unos mangos en el abasto cercano al edificio. Eran las 4:30 de la tarde. Compró, subió, y le dijo a Yordi que iría a visitar a su madre en residencias Arnedillo, en Playa Grande Catia la mar. Salió de casa cerca de las 5:40 de la tarde.
Lenín llegó con su madre Yolanda, subió al piso 6, escribió un “te amo” a Yordi, éste le respondió que él “mucho más”, y acto seguido todo se les vino encima. Después de perder la conciencia por unos minutos, el hijo y la madre pudieron salir por sus propios medios de entre los escombros y entonces Lenín caminó 25 kilómetros hasta Yordi.

La historia del peluche es sencilla, la del hombre no. Es el regalo del 14 de febrero. Él ahora duerme con el muñeco como dormía con su compañero, sólo que en una oficina del hospital en el que trabaja.

La primera foto es de @comunicandres.
Las dos siguientes son de Lenín. taken in La Guaira by @_indiracarpio
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3 months ago
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Oriana habla como escribe, con pausas e ideas subterráneas. Nuestro vínculo proviene del misterio de algunas palabras... Amistad, por ejemplo.

En esta situación de calamidad nacional, y de tragedia personal, descubro a una mujer en Oriana que también trepa, araña, resiste, la comandante en jefe de un grupo de hombres que dirige hasta encontrar a su padre Armando entre los escombros del edificio Belo Horizonte, en Catia la mar la Guaira, después 20 días del doble terremoto del 24 de junio.

Qué significa buscar, qué significa este gran misterio. ¿Recuerdan cuando jugaban al escondido con sus padres y en el muy aburrido cansancio de los adultos, ustedes salían de donde sea que estuviesen, y revelaban su guarida para que estos los abrazaran? ¿Cuánto tiempo esperaron para ser abrazados?

Y, es verdad, no existe la muerte, pero es difícil aceptar algunos cortes de esta infinita conversación que es la vida.

Oriana fue, por casualidad o no, la última en conversar con el señor Armando. Al finalizar aquel mensaje ocurre el primer terremoto. Ella vuelve al audio una y otra vez, como indicio, como lugar, como faro, como el amor, la continuidad. Yo la veo saliendo del escondite, con los abrazos abiertos, esperando a su padre, y nos veo a todas, a todos.

Toda persona merece un cierre y el rito que lo acompaña, este es el abrazo que todas buscamos.

Ayudemos. taken in La Guaira Catia La Mar by @_indiracarpio
52
3 months ago
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Fuimos a entrevistar al señor Miguel Gregorio Mendoza y a la señora María de los Ángeles García, a su casa ubicada en Naiguatá.

Antes de enrumbarnos, le pregunté al popular Viejo Migue si necesitaba que le llevara algo. A esta hora en Venezuela todas y todos necesitamos algo, a alguien, y la pregunta no sobra, pero además mi mamá me enseñó que a las casas no se llega con las manos vacías. Pero Miguel me respondió que no, que nada, que estaban abastecidos.

Miguel es un hombre de montaña, proveniente de Trujillo. Nació hace 57 años y tiene 15 días de renacido. Entre las manos contiene un alma jovial, el amor de su mujer María de los Ángeles y un anexo modesto en un primer piso de un barrio pobre de La Guaira. 

Es es autor del video viral en el que graba un recorrido por las Residencias El Molino, ubicadas en Caraballeda, justamente el 24 de junio de 2026, durante el doblete sísmico que sacudió a Venezuela en general y de forma catastrófica al estado en que habita.

Por supuesto, Miguel está desempleado, como la mayoría de los sobrevivientes de la tragedia. Y aunque no reconozca que necesita algo, es diabético y según María de los Ángeles sí necesita ayuda: un glucómetro, unos lentes, un tensiómetro, un teléfono y hasta comidita.

Tengo los datos para ayudarlos económicamente, pero no los voy a exponer por acá, por respeto a su privacidad (y porque la exposición de cuentas se ha mal utilizado en medio de la desgracia ajena). 

Sí usted quiere ayudar, escriba un mensaje en este post y envío la información por mensaje privado.

...

⚠️ Hay que entender que la emergencia no es un momento y nada más, que se extiende y la sufren personas reales, no fotografías de un instante viral.

El periodismo que se aprovecha de las historias de otros y abanda después de obtener lo que desea, es un tipo de periodismo con el que discrepo. El periodismo es sobre todo un trabajo social. taken in Naiguatá by @_indiracarpio
74
3 months ago
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La Guaira, lunes 29 de junio, día de San Pedro. Reportábamos en directo para el canal cuando un viento fuerte sacudió el polvo de alrededor y trajo consigo el escalofrío de un grito: la alerta. El edificio de al lado, justo en paralelo a un par de enormes edificaciones derruidas sobre sus habitantes, amenazaba con desplomarse. Volteamos a verlo y una marea de gente se agolpaba contra nuestros ojos, apabullada por la idea de ser aplastada. Sentí cómo la electricidad que produce el miedo me subió por los pies y se me arremolinó primero en las rodillas y luego en el vientre y por último en el corazón, para no irse. Yo me dije "o me aplasta el edificio, o me aplasta la gente". Todos estábamos con la sensibilidad a flor de piel, sintiendo el oleaje de los movimientos tectónicos en el cuerpo. Si fuera el mar, se llamaría maresía. No sé cómo se le llama a esa sensación que produce la tierra, y no es la réplica. 

Un amigo me preguntaba qué cómo estaba la Guaira, que si era tan terrible como en las imágenes. Yo le decía que era peor, porque las imágenes no huelen, en las imágenes no está una bombona de gas a punto de estallar, ni el sol quema ni el calor de un edificio quemado quema a quien ve una foto; un vídeo no te da sed, ni te empuja, ni te aplasta. Aunque no se trate de eso, esto es peor que verlo. 

Allí donde estuve, los familiares de los desaparecidos bajo los escombros estaban molestos, frustrados, tristes, sin paz, y había —en la mayoría— un rencor más peligroso que la bombona a punto de estallar, o el edificio por caer. Las personas rechazan ser un carrusel, un vídeo, la estampa de la miseria. Exigen respeto por su dolor, poder velar, cremar, enterrar a sus muertos, una maldita máquina (por la que le cobran hasta 1.500$) para extraer los cuerpos que algunos carroñeros quieren fotografiar para que otros carroñeros los puedan ver. taken in Caraballeda by @_indiracarpio
31
3 months ago
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5 de julio 2 PM.
En el centro de acopio de la Universidad Central de Venezuela se necesitan colchones, sábanas, almohadas, fundas, lencería en general y también carpas, o toldos.
No reciben dinero como donación ni física ni virtualmente. Están ubicados al lado del reloj de la Plaza del rectorado.
Han reducido las donaciones y ahora es cuando el pueblo afectado por el doble terremoto en Venezuela lo necesita. taken in Plaza del Rectorado de la UCV by @_indiracarpio
2
3 months ago
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Miércoles, 1 de julio, día de Santa Esther. El contraste entre lo que deseamos y lo que tenemos en las manos es equiparable a lo que armamos y lo que de eso hace la naturaleza. Mientras vivimos la destrucción producto de un acomodo de la tierra, un doble terremoto devastador, los rescatistas levantan su mirada al horizonte y experimentan lo contrario de lo que debieron haber experimentado los marineros exploradores al ver la tierra. La inconmensurable expansión de las aguas frente a la destrucción bajo sus pies, los atardeceres de la Guaira.

El poder de la naturaleza es evocador y del mismo modo apocalíptico. El contraste entre el cielo y la tierra, la que da lo mismo a un mango que a un petirrojo que a un humano. No hay distinción. La dimensión de su infinito sólo es medible en el lenguaje; y sin embargo no es suficiente. 

Mientras pienso en esto, me doy una ducha rápida, porque tengo miedo de bañarme largo y tendido. Le pido a mi marido que me acompañe. Él me repite que todo está bien y hace guardia sobre la tapa de la poceta. Tampoco puedo dormir, y me quiero ir corriendo de dónde estoy, no sé permanecer sin hacer algo. No quiero la soledad del pensamiento. Y mi acción no es equiparable a la pérdida de otras y otros. El síndrome de la sobreviviente no me pertenece, ni así lo deseo.

A una semana del doble terremoto, quisiera disfrutar del cielo rojo, pero toda extrañeza es una amenaza, un ruido lo es, un grito lo es, un movimiento inesperado, la soledad, y el color del cielo. Cada réplica es un rayo en el esternón. Otra vez el contraste: lo que antes me satisfacía, un baño largo, un poco de soledad, un cielo colorido, parece ahora una duda, y además debo agradecer que estoy con vida, estirar la mirada sobre el horizonte y encontrar a la humanidad haciendo lo imposible por desentrañar de la raíz una flor. taken in La Guaira, Venezuela by @_indiracarpio
24
3 months ago
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Ayer noche condecoraron a los rescatistas. Bravo por ello. Pero todavía hay gente viva entre los escombros. 

La historia de Loli de 35 años, y su hija Jade de 8, es tremenda, más de 48 horas en medio de su edificio caído sobre ellas, de rodillas bajo una pequeña mesa. La encontraron y sacaron sus hermanos, su padre y sus amigos.

Esa historia la vamos a contar en detalle luego. Por ahora, ella tiene un mensaje a los buscadores profesionales y no profesionales, sobre todo para aquellas personas que buscan a su padre, a su hermana, a su hija: no desistan, tengan fe y entiendan que en este punto es difícil comunicarse, pero no imposible. Hay una conexión superior y esa les guía. taken in La Guaira by @_indiracarpio
51
3 months ago
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Cuando trabajamos en La Guaira, de día o de noche, un gesto detiene el aliento general: el de alzar ambos puños como señal de silencio absoluto. El silencio para poder escuchar, a través de las toneladas de cemento, a las personas vivas hundidas en los escombros, después del doble terremoto ocurrido en Venezuela. Al principio, éramos un mar de gente alrededor de la tragedia, todas y todos queríamos ayudar, salvar, acompañar a aquellos familiares apostados en los alrededores de los promontorios que antes fueron sus edificios, sus casas. Torpes, fuimos una masa peligrosa, potencialmente víctima y victimaria. Caminábamos del lado de las motos y de los carros, en silencio, con los motores como las almas, apagados, un velorio forzado por el bostezo de la naturaleza salvaje y de la social. Se nos exigía silencio, desentrañando de nosotros los escombros emocionales que también se arruman en medio de nuestros cuerpos. ¡SILENCIO! Silencio absoluto para rastrear un rasguño, un movimiento, un susurro, un grito tapiado, un silencio exigido en medio del llanto, del desespero, haciéndonos sentir más insignificante que nunca, que ninguno. Y al mismo tiempo, nuestro corazón no podía dejar de gritar por conseguir un poco de agua: el rumor del otro detrás de un tablón, debajo de una nevera, encima de otros cuerpos, para saciar ese algo que nos sostiene rotos, apaleados, ese algo en lo que insistimos: la esperanza. La mayoría dirigía su mirada al hueco del que procedía la luz, algunos aguzaban el oído. Los rescatistas se anunciaban una y otra vez al fondo de los edificios desmoronados, hasta que usaban el pito para que avanzáramos. Hablamos para no tener que estar solos con nuestros pensamientos, y hacinados entre nosotros el silencio es demoledor, no saber que lo único que debes hacer es callar, morderte los dientes, hablar con los ojos. Somos analfabetos en la desgracia aunque la desgracia insista. Después de parir, toda madre sabe que el silencio absoluto es aterrador. Yo creo que escuchar vida entre los escombros puede parecerse a los entuertos de parto y creo también que hay que ayudar a parir. Así que en estos momentos: cállense, que hay gente naciendo. taken in Caraballeda, Vargas, Venezuela by @_indiracarpio
41
4 months ago
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Llámenme paranóica, pero hacía un mes exacto cuando EEUU sobrevolaba el cielo de Caracas como parte del "simulacro de evacuación ante eventuales situaciones médicas o contingencias catastróficas, como parte de los protocolos regulares de seguridad y protección diplomática, solicitado por la embajada de los EEUU al gobierno venezolano". Y ahora tenemos una contingencia catastrófica y vuelven los malditos Osprey sobre el cielo venezolano. Qué casualidad, ¿no? ¡Llegaron los "salvadores"! Alguna vez se sabrá lo que está pasando tras las cámaras. taken in Caracas by @_indiracarpio
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4 months ago
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Se disipaba el sol detrás de una nube. Decidimos irnos con la claridad, así que empezamos por sacarnos la arena. Lavaba a mi sobrina, las niñas estaban con el papá, podía concentrarme en sacar la sal del rabito a la más pequeña de la veintena que fuimos a la playa. Las olas crecían llamadas por la luna que se asomaba del otro lado del horizonte. Me subí a la nena sobre la cadera, miré por última vez el mar y caminamos hacia los carros. Bordeamos la barrera de corales muertos que separaba la bahía del estacionamiento y cuando subimos a los niños, mi sobrino mayor me preguntó por Manuela. Hice un paneo general de un lado a otro a la velocidad de un parpadeo y lo supe. No estaba. En ese momento tragué todo el vacío que se asienta sobre el mar cuando nadie lo ve. Di la vuelta sobre mi propio eje, corrí sobre la barrera de corales, llegué a la orilla de la playa, miré la raya infinita y volví a mirar a cada lado, moví mis piernas de un extremo a otro hasta regresar donde la dejé la última vez. Encallé las extremidades para gritar con las entrañas el nombre de mi hija, mientras las pocas personas que quedaban me enjuiciaban. ¡¡¡¡M A N U E L A ... A A A A!!!! Una y otra vez hasta perder la voz entre sollozos. Ernesto me sostuvo por detrás al caer hincada en la arena. Perdía sangre como las flores se deshacen de los pétalos y una masa negra se me agolpaba en la garganta, las olas se retraían y cuando disponía lo que quedaba de fuerza en el cuerpo para ir al fondo del mar, Manuela gritó mi nombre desde la otra punta de la playa, en las manos de otra madre: ¡¡¡¡M A M Á ... Á Á Á Á!!!! Ese era mi nombre. Había perdido el mío tiempo atrás y ese día, en ese momento, no tenía más identidad que el grito de mi hija. Habían pasado unos minutos desde que la había visto y se me había perdido en el mar a 450 kilómetros de casa, cuando el cielo apaga sus luces y el agua del mundo se traga el alma de las que cuidan. La eternidad de la pérdida es un yunque sobre el cuello. Morí en ese momento y no he vuelto a ser la misma. Hoy es día de la madre y quiero dejar constancia de que un hijo desaparecido por un minuto, o por siempre, es un hoyo negro en el pecho de la madre tierra. by @_indiracarpio
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5 months ago
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