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CAPÍTULO 6 
La carta llegó a destino a los pocos días y con ella, un mensaje de Mauro: Gracias por la carta, es hermoso todo lo que decís. Necesito releerla y bajar todo a tierra. Dame tiempo, ¿sí?”. Claro, ¿quién te manda una carta de amor a esta altura de la vida? Mauro estaba en shock.
Fueron días eternos, hasta que, casi a la semana, me dijo de hablar por cámara. 
Fueron dos horas de charla. Él me contó sobre su terror a no saber/poder construir una relación; cosa que ya medianamente sabía, pero lo profundizamos. Traté de hacerle ver el lado lindo, divertido y sumador de una relación, sacándole drama. Con mucha felicidad y miedo (más de su lado), quedamos en que lo íbamos a intentar. Él viajaría a México en unas semanas, después de las elecciones; y así, íbamos a ir viendo cómo se sentía. 
Llegó y nos fuimos a Los Cabos, un paraíso. La pasamos espectacular, a mi modo de ver. Fueron pocos días, él se tenia que volver, pero el objetivo estaba cumplido. All inclusive, sexo, comida, tragos, charlas y hasta incluso juegos con preguntas para ver qué tanto nos conocíamos. Cual luna de miel. 
Todo iba “bien”, pero siempre viendo cómo nos sentíamos. Ahora la que no tenía ninguna duda era yo. ¿En qué momento se dio vuelta todo?, no lo sé, ¿cómo llegué a este punto?, no lo sé, pero ahí estaba; esperando su definición. 
Hasta que un día, ya de vuelta, me llamó y me dijo: “No terminé de conectar”. ¿Qué? ¿Cómo no había conectado, con la conexión que tuvimos? Y así fue como una vez más recibí el balde de agua fría. Pero esta vez, habíamos llegado demasiado lejos. 
Los primeros días estuve triste por lo que no fue y tratando de entender qué había pasado, pero también sabiendo que yo había hecho todo lo que estaba en mis manos y que hasta ahí podía llegar. Merecía estar con alguien que no dudara el querer estar conmigo. 

Con el correr de los días, se me generó como una especie de rechazo, rechazo a que él no pudiera jugársela a esta altura de la vida; rechazo a que no pudiera conectar ante algo tan lindo, profundo y en algún punto, deseado. Dejamos de hablar por unos meses (…sigue en comentarios)
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CAPÍTULO 5 
Llegó junio y con él, el viaje. El primer destino fue Mallorca. Mauro me buscó en el aeropuerto y yo estaba feliz de verlo. Éramos cinco y la primera semana me tocó dormir en el mismo cuarto con él, cual hermanos. 
Pero llegó Marruecos y todo cambió. Quizás fue que logré desconectarme de mi vida en México y del trabajo, pero empecé a sentir una conexión diferente y muy especial entre nosotros, de esas que no se explican y que generan más intimidad con la persona.
Fue una noche en el desierto, mientras estábamos tirados en la arena viendo las estrellas, cuando sentí que algo había cambiado, pero me dio pánico y me fui a dormir. Quería, pero no quería afrontar el después (y todavía faltaba mucho viaje por delante). 
Llegó luego España y sin más, en una playa de Cádiz llamada Bologna, volvimos a pasar la noche juntos. Yo estaba feliz, aunque… siempre pensando en el después. 
Recorrimos Sevilla y por fin llegó el turno de mi amada Madrid, en donde ya estábamos solos. La pasamos mejor, imposible. Cual pareja reciente y a la vez, de hace mil años. Comimos, tomamos, paseamos, charlamos y hasta fuimos al museo del globo, ja. Todo fue hermoso hasta que nos tuvimos que despedir. 
Cabe aclarar que durante esos tres días en que estuvimos solos, jamás hablamos de nosotros. Yo necesitaba primero saber qué me pasaría cuando llegara a México y me convirtiera en calabaza. Lo que le pasaba a él estaba más que claro... O eso creía yo. 
Cuando llegué a casa, lo extrañé y como la persona directa que soy, se lo dije en una videollamada. PERO, lo que no me esperaba era lo que él me respondió…
“No me pasó lo mismo. Estuvo espectacular y el viaje no hubiera sido lo mismo sin vos, pero fue una conexión del momento”. 
Fue como si me tiraran un balde de agua fría. Yo seguía sin entender lo que me había dicho; había más cosas por hablar o, mejor dicho, necesitaba zamarrearlo un poco, ¿pero cómo, si estábamos tan lejos?
Sigue en comentarios.
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CAPÍTULO 4
Ese año recibí una oferta para irme a trabajar a México. Era una decisión difícil, pero la hice simple. Acepté.
Mientras estaba en Salta de viaje con amigos, incluido Mauro, me confirmaron la fecha de partida. Cuando volví de las minivacaciones, aproveché el tiempo que me quedaba para disfrutar de mi casa, mis amigos, mi familia y el trabajo de 17 años que iba a dejar. 

Soy muy amiguera, así que tuve la despedida de la despedida de la despedida hasta que, finalmente, el 21 de octubre de 2022, partía a México en búsqueda de crecimiento personal y laboral. 
Esas semanas previas al viaje, no sé por qué, soñaba todas las noches con Mauro. Estábamos felices, de novios, pero cuando me levantaba, mi mente ya estaba en México, así que no di lugar a los sueños y seguí con mis planes para encarar la nueva etapa. 
Así fue como llegué al país azteca, con mis cuatro valijas y mucha expectativa. No fue nada fácil al principio, pero me fui haciendo mi lugar. 

A los pocos meses, Mauro me fue a visitar. Hicimos de todo: recorrimos Parras, metimos playa y ciudad. La pasamos brutal, todo fluía. Coincidíamos en todo. Paseamos, tomamos, charlamos, pero siempre hasta ahí. En los hoteles nos trataban como marido y mujer y ya ni nos gastábamos en aclarar que en realidad éramos amigos. Es que, hasta compartíamos el cuarto. En uno, nos preguntaron por qué dormíamos en camas separadas, y él respondió que era porque “yo roncaba mucho”. 
Nos fuimos a un all inclusive en Cancún y para mis adentros yo pensaba: “Qué pena que no me pasa nada con Mauro, nos llevaríamos tan bien como pareja”… Pero uno no decide de quién se enamora. Era lo que era y hasta ahí llegaba mi planteo. Además, en ese momento yo estaba bloqueada en temas de amor y mi mente estaba focalizada 100% en el trabajo. Trabajaba doce horas por día o más.
De ese viaje nos despedimos en el hotel con un gran abrazo; él se fue para Argentina y yo volví a Monterrey, sabiendo que en unos meses nos volveríamos a ver en las tan ansiadas vacaciones, que de vuelta compartiríamos juntos, esta vez en grupo.
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CAPÍTULO 3
Mauro estaba en Nueva York de vacaciones cuando empecé a insinuarle de salir, una vez que él volviera. Teníamos que probar… Y así fue, el 21 de septiembre de 2019 salimos en plan “primera cita”. 
Fuimos a comer sushi, aunque claramente lo que más hicimos fue tomar y tomar; creo que ambos lo necesitábamos para encarar esa situación. Fue una charla de horas, y nos abstrajimos totalmente del mundo hasta que nos echaron del restaurante. Hablamos de cosas que jamás nos habíamos compartido, más allá de que nos conocíamos desde hacía 17 años y teníamos bastantes horas de charla en nuestro haber. 
Esa noche pasó todo lo que tenía que pasar. Pero fue raro… no fue el mejor sexo de nuestras vidas. Creo que ambos estábamos nerviosos, borrachos pero nerviosos. 
Mauro se quedó a dormir en casa y yo al otro día tenía que irme temprano. Confieso que cuando me desperté sentí que no era por ahí… No porque no hubiera conexión entre nosotros, porque si había algo, era conexión; sino que él no me terminaba de gustar como pareja. 
Salimos una vez más y yo sentí la obligación de decirle todo lo que me pasaba. Se lo adelanté por teléfono, fuimos a comer y hablamos lo justo y necesario. Fue incómodo. Lo malo, pero también lo bueno, es que ya teníamos organizado para el mes siguiente un viaje juntos a Mendoza, con otra amiga. 
Los tres, en dulce montón. 
La verdad es que no sabía cómo iba a resultar ese viaje, pero chapeaux por Mauro, porque jamás me sentí incómoda y la pasamos espectacular. Nos la pasamos de bodega en bodega y todo volvió a la normalidad. 
Al año siguiente vino la pandemia, y en ese entonces creo que ambos lamentamos no habernos enganchado; pero él siguió con su vida amorosa y yo, con la mía.
Pasó la pandemia y el grupo de la facu volvió con toda. Mauro alquiló una casa en Moreno y nos la pasábamos de asado en asado; así fuéramos tres o diez. La amistad entre nosotros estaba intacta, como siempre, o mejor dicho, era cada vez mejor.
Y así, llegó el 2022 y con él, una propuesta diferente…
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CAPÍTULO 2
Por aquella época tuve una depresión no depresión, o mejor dicho, no diagnosticada. Empecé terapia, con los años dejé a Benja, fue difícil; hasta que, a finales de mis 20, finalmente me sentía plena otra vez. 
Ese cumpleaños lo festejé en un bar, y vinieron Mauro y varios de la facu, pero yo sentía que ya había pasado mucho tiempo entre nosotros y la dinámica no era lo misma. Al mes siguiente me puse de novia con otro, me fui a vivir con él (como verán, siempre apostando al amor, je) y me enamoré por completo. Pero esta vez y por primera mi vida, él me dejó. Sentí que el mundo se me venía abajo y me costó mucho tiempo superarlo, pero como siempre, salí a flote.
Corría el año 2013 y ahora sí nos volvimos a reencontrar con todos los de la facu. Me sentí en casa y como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros. A partir de entonces, el grupo se volvió a consolidar como en aquellos años. Aunque algunos ya estaban casados, volvimos a los asados, las charlas, las risas. 
Pero, ¿qué pasaba con Mauro? Yo lo veía solo como amigo, aunque hoy, a la distancia, debo decir que la amistad muchas veces traspasaba la línea. 
Una vez me invitó a ver una obra de teatro que se llamaba “Primera cita”, otra vez a ver a André Riú y así. Siempre, todo, de a dos. Para mí era normal pero no sé si era tan normal.
Hasta que un día, allá por diciembre de 2018, recibí un llamado de Mauro, en el que me confesaba que lo que sentía por mi iba más allá de una amistad, que me veía como una gran mujer y que quería algo mas conmigo. 
No la vi venir. La verdad es que yo lo consideraba como un gran amigo y ya. Adicional a esto, yo en ese momento estaba saliendo con otro y estaba superenganchada, con lo cual no había forma de que mirara para otro lado. 
La realidad es que tampóco recuerdo haber estado incómoda después de esa gran confesión, o al menos de reconocerlo.  El tiempo siguió y las juntadas y salidas continuaron como si nada.
Pero en algún lado había quedado dando vueltas la propuesta de Mauro...
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CAPíTULO 1
Esta historia comienza allá, por 2001, año turbulento en la Argentina. Yo estaba recién en segundo año de la facultad, en la UBA, cursando Administración de empresas; recién saliendo de esa cajita de cristal que me había dado durante tantos años el barrio de Belgrano. Ciudad Universitaria, materias nuevas, amigos nuevos, trabajo en equipo. 
De a poco le tomé el gusto a eso de conocer gente. Y un día, ya no recuerdo cómo ni cuándo, apareció él en mi nuevo grupo: Mauro. Claramente no me acuerdo de los detalles porque estuvo lejísimos de ser amor a primera vista. 
Era una época divertidísima: yo disfrutaba el grupo nuevo, las charlas, salidas. Nos divertíamos mucho y muy sanamente. 
Una de mis amigas tenía una quinta en Ezeiza y pasábamos fines de semana enteros ahí, meta charla, mucho asado, pileta y juegos. En el interin, yo iba y volvía con mi novio de toda la vida desde la secundaria, Matías. Lo conocía desde los 12 años. A los 16 ya éramos novios, enamorados a más no poder.
Hasta que un día todo cambió; fue el día en que pasé de la adolescencia a la adultez. 
Como un sábado más en la vida, un 29 de noviembre de 2003 fuimos a bailar con los de la facu. Matías y yo habíamos cortado hacía cinco meses. Cuando salimos del boliche, llovía como pocas veces vi llover en Bs As: era una cortina de agua. Habíamos definido que todos iríamos a dormir a lo de Mauro, y así fue. 
Al otro día nos levantamos y algunos se fueron, pero volvían a comer un asadito al mediodía. Yo no, porque mi casa estaba lejos y no tenía auto. Con el diario del lunes, la verdad es que estaban todos un poco raros; claro, ellos ya sabían lo que había pasado. 
De pronto, entré a la cocina y Mauro me dijo: “Están tus papás en la puerta”. Me resultó raro, no habíamos quedado en que me fueran a buscar. 
A medida que avanzaba hacia la entrada, mi paso se aceleraba y mis latidos también: algo estaba mal.
Sigue en comentarios ❤️
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